
I
Una vez encadenados nuestros ojos
el tiempo pasa por nosotros
de costado,
así como pasan la lluvia,
los truenos
y el miedo
por la cama del que duerme,
resguardado.
II
Me siento resguardado.
¿Pero quién soy yo para beber de tu alma?,
te pregunto con las manos.
Tus palabras no me responden.
Pero te huelo.
III
Te huelo a todas horas,
en todos las caras.
Todas huelen un poco a tí.
pero ninguna eres tú.
Salvo tú.
IV
Es increible cuanto de tú hay en tí.
Se diría que aveces hasta te sobras,
pero para eso estoy yo
(ahora lo sé);
para diluir tu exceso,
con el agua de mi boca,
para regar con mi aliento,
la pasión que nos toca.