jueves, 3 de enero de 2008

Tic... tac... tic... tac...


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Somos, irremediablemente, lo que podemos recordar. Nuestra concepción del mundo está basada casi exclusivamente en la propia experiencia, es decir, en nuestra memoria.

Tiempo y recuerdo no pueden ser conceptos enfrentados sino más bien dos partes de un mismo todo.

Sin tiempo no hay recuerdos.

Sin recuerdos, da igual cuanto tiempo.

Puedo vislumbrar desde la lejanía el sentimiento que ha movido a muchos de los grandes personajes de la historia a intentar dejar una marca en la memoria colectiva. Un intento de perpetuarse cuando la luz se apague.

Quiero entender el miedo de una persona que empieza a ser consciente de que está perdiendo sus recuerdos. Que está dejando de ser ella misma. Que su luz empieza a apagarse en vida. Y me invade un escalofrío.

Hay que recordar para avanzar, como persona primero y como especie en segundo lugar. Pero yo me pregunto, ¿servirá de algo tanto recordar?¿seremos capaces alguna vez de aprovechar minimamente la experiencia ajena?.

El invento (el tiempo) se vuelve contra el inventor y los recuerdos tienden siempre a ir al gran cajón de la inexistencia.Carpe Diem y hedonismo, lacras de una generación sin ideales, serán nuestro único refugio.

Mas allí agazapados, también nos encontrará el tiempo y la fría ausencia.

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