lunes, 11 de febrero de 2008

Del autismo de mis pies (II)







Os miro, picarones, y os vuelvo a mirar. Habeís vuelto a moverme sin que me de cuenta, hipnotizado por el ritmo implacable de vuestros pasos. Habeis vuelto a transportarme y sigo sin poder dejar de miraros.

Absorto en estos pensamientos, me encuentro frente por frente con unas viejas botas raidas, desgastadas y desvencijadas, que hacía tanto que no veía... ¡y se las ve igual que siempre!, uno no diría que el tiempo ha pasado por ellas. Mis pies están contentos. Las botas también están contentas. De hecho parecen moverse simetricamente, como si siempre hubieran estado esperando para bailar juntos. Como si el tiempo nunca hubiese pasado por los cuatro.

Algo se ha conmovido allá por el punto de equilibrio. Sería muy dificil explicar lo que me ha provocado volver a ver estas botas. De la coreografía que me regalan espontaneamente deduzco que no estarán pisando estos suelos demasiado tiempo. Es una verdadera pena, pero igual sé que un dia cualquiera nuestras punteras volverán a cruzarse. Y no serán ni nuevas ni viejas entonces; serán simplemente aquello que deben ser.

A dia de hoy no sería quien soy sin botas como estas, sin merceditas, sin los botines del Pull and Bear, sin aquellas Camper, sin las pisamierda, sin los taconazos, y sin tantos y tantos zapatos que han intervenido en que a día de hoy, los pasos que eligen mis pies sean estos y no otros. No son ni mejores ni peores, solo son sus pasos. Hay un poco del estilo de cada uno de ellos en mis andares, y eso tan solo puedo agradecerselo.

Aunque cada uno de ellos marche en su dirección, creo que emitimos la misma vibración en la tierra al pisar. Espero nunca, nunca, nunca, perder el invisible camino que me lleva hasta vosotros.

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