martes, 7 de octubre de 2008

Vale, ¿y para qué?





Es un hecho innegable que la capacidad de raciocinio está bastante sobrevalorada en nuestra sociedad, o quizá debería decir valorada equivocamente: Por ella nos consideramos dioses en vida, capaces de hacer cualquier cosa, de llegar a cualquier límite del conocimiento y someter a cualquier especie.

Esta habilidad mental no ha resuelto aún, no obstante, ninguna de las grandes preguntas, como el "por qué" de todo esto (por ejemplo).

Pero lejos de resolver las cuestiones fundamentales, de las que todavía se encuentra a años luz, no soluciona tampoco las necesidades básicas a las que se enfrenta cualquier especie, es decir, sobrevivir, alimentarse, reproducirse y en definitiva perpetuar el genoma. De acuerdo, hemos inventado los edificios, la gastronomía y el erotismo, pero ¿que son estas cuestiones sino versiones más sofisticadas, más refinadas, de las mismas cosas?. Al final, nos enfretamos a los mismos retos que una hormiga, una cigüeña o un ornitorrinco (bendito bicho).

La única ventaja que a priori aporta el pensamiento abstracto sobre otras especies es el control absoluto del entorno, lo cual es paradójico, porque es precisamente ese pensamiento abstracto el que provoca un individualismo y una falta de conciencia colectiva como especie, que devasta y arrasa el entorno y los recursos que han de ser nuestra fuente de subsistencia, fenómeno que no ocurre en ningún otro animal salvo en nosotros (los demás viven en equilibrio con lo que les rodea). Así pues, somos tan listos que a falta de enemigos naturales nos los buscamos en nosotros mismos. Y nos encontramos.

Es evidente que a nivel individual nuestras "ideas" nos aportan bastantes alegrías, pero a nivel colectivo no solo están sobrevaloradas sino que además probablemente sean nuestra mayor condena.

O eso creo yo...

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